“Horizontes neoliberales en la subjetividad”

Presentación del libro de J. Alemán, Horizontes neoliberales en la subjetividad.

Ofrecemos aquí tres textos de María Victoria Gimbel, José Alberto Raymondi y Timothy Appleton, que dieron lugar al debate

Cruce, 25 de octubre del 2016

María Victoria Gimbel

Vicepresidenta de Cruce

Como dice el autor en el prefacio, él sigue insistiendo en su apuesta teórica, que como sabemos los que seguimos su obra, tiene como referencia y punto de partida a Freud y Lacan, con sus “malas noticias”, derivadas de una análisis riguroso de la estructura ontológica de la existencia, y desarrolladas ya con anterioridad bajo la fórmula Soledad:Común (el sujeto siempre es efecto y no causa, el sujeto se constituye como tal, desde el inicio, en su historicidad, como ser fracturado, como un alguien mortal y sexuado en virtud del lenguaje (lalengua e términos lacanianos) y su materialidad (goce, pulsiones, afectos) no le van a permitir nunca ser dueño de sí mismo, porque siempre va a estar separado de sí, por lo que la soledad es irreductible y la diferencia es absoluta. De ahí que la representación de uno mismo nunca alcanza del todo para configurar y fundamentar una identidad, es decir, las singularidades son eso, sujetos que no pueden ser subsumidos del todo por ningún aparato simbólico, y en esa medida es imposible que se pueda dar un lazo social homogéneo. Por ello, cualquier intento de totalización, superación, reconciliación etc, con vistas a una supuesta revolución transformadora está llamada al fracaso, pues no es posible que emerja un sujeto histórico emancipado, sea la clase trabajadora, sea una nación o sean los pobres, a partir de una voluntad colectiva, derivada de una toma de conciencia crítica, en la línea de lo que algunos movimientos políticos de la izquierda, digamos, ortodoxa, siguen creyendo.

Ahora bien, Alemán en lugar de apostar entonces por el escepticismo lúcido, por el cinismo , por el pesimismo, o por un afuera -espejismo de una realidad pura y sin contaminación-, viene desarrollando también bajo el sintagma “izquierda lacaniana”, un aparato conceptual (artefacto desfundamentador e intrascendente como lo caracteriza en este libro) para discernir una lógica emancipatoria que teniendo en cuenta el “vacío constitutivo” del sujeto, pueda dar algunas claves teóricas que posibiliten algún tipo de salida política, a tientas, contingente, siempre en proceso de construcción, al régimen histórico contemporáneo que domina en el tiempo presente, y que está ocasionando no solo cada vez más pobres y explotación sino también unos malestares característicos de nuestra época -en el llamado mundo libre-, como son la depresión o la adicción, enfermedades causadas por los estragos del Neoliberalismo. Dichas claves teóricas también, como viene desarrollando, tienen en cuenta algunos análisis de Heidegger (por lo que se refiere al Dasein, esto es, a la temporalidad, al ser ahí, y a su conocido enunciado “solo la poesía puede salvarnos) como a Marx, sobre todo en lo referido al análisis de la Mercancía y al modo de acumulación del Capital, así como también a su lapidaria afirmación “todo lo sólido se desvanecerá en el aire”.

Creo que es desde ahí desde podemos entender el título del libro que nos convoca: Horizontes neoliberales en la subjetivad.

No se dejen engañar por la portada….Porque los tiempos, desgraciadamente, “no están cambiando”, como dice el, para mí, merecido premio nobel de literatura, Dylan, al contrario, los horizontes pueden llegar a ser terribles y desastrosos, si al final, se cumple lo que Alemán denomina el crimen perfecto, a saber, si las subjetividades (no, el sujeto) siguen construyéndose como individuos, si las dominaciones discursivas del aparato simbólico neoliberal (en términos de autoayudas, autoestima, emprendedor, y un largo etc, con sus managers del alma, como dice el autor) culminan el proceso de “deshistorización y naturalización” de los seres humanos que se está produciendo a través de su maquinaria diabólica, y con la ayuda a su servicio de los expertos biomédicos (lo que le pasa al sujeto se puede diagnosticar y curar con unos fármacos adecuados y una terapia específica), que va operando en esta sociedad del control en los cuerpos hablantes, haciéndoles siervos voluntarios de un poder que no es exterior, sino interior, porque su dominio político se extiende a través del campo de la subjetividad, en nosotros “por dentro” (biopolítica del poder de raíz foucaultinana), pues para que dicho dominio funcione, como ya lo está haciendo, necesita cómplices en un terreno que se está abonando a través de poderosos mecanismos discursivos para la construcción de lo que Alemán nos advierte: un “hombre nuevo”, esclavo de sí mismo.

Si los horizontes neoliberales en la subjetividad quedasen cerrados en ella, sería porque el poder político, económico y social habría logrado su “botín” más preciado, a saber, el que se obtendría cuando, al fin, los individuos se volviesen del todo parte de la gente, votando o no, dejando unos en manos de los gestores democráticos su participación política y otros, creyéndose fuera o al margen, no participando ni activamente ni tampoco en la partida de la representación institucional, en cualquier caso, el crimen se habría consumado y, entonces, ya no cabría ninguna posibilidad de transformación o cambio, como de hecho, algunos pensadores contemporáneos creen.

Entonces el asunto se resumen en que si, por un lado, no hay salida emancipatoria para superar la diferencia radical que constituye al sujeto como singularidad irreductible, porque no se puede construir una voluntad colectiva suprema que transforme las condiciones materiales al venir cualquier existencia “rota de fábrica” y estar a priori estructurada ontológicamente en falta, fracturada desde el principio, impidiendo-nos construir un lazo social, y por otro lado, el dominio y el control perseverante del neoliberalismo, en términos de seguridad, está precisamente jugando la partida más decisiva en ese campo interior, construyendo subjetividades que abocan a un hombre a-histórico, obediente a los mandatos que le condenan a la culpabilidad, cuestión que por otra parte se explica, según el autor, en términos lacanianos, al considerar el super-yo como una instancia que ordena gozar, y en esa “libertad”, aunque parezca contradictorio, es donde precisamente el sujeto goza explotándose a sí mismo.

La pregunta entonces que se plantea es la siguiente: ¿cómo es todavía posible apostar, como el propio autor hace, por algún escape de tipo emancipatorio, en lo singular y en lo común?

Y es aquí, donde Alemán presenta, una vez más, una vuelta a su conjetura teórica, en su intento por pensar que el crimen no es perfecto, que cabe hacer algo, no desde luego una ruptura populista, ni tampoco un proyecto revolucionario, sino más bien construir un momento emancipatorio, entendido como el duelo y la despedida de lo que ya no puede ser, como dice el verso del poema en la primera página del libro:

El mundo se fue,

eso que, alguna vez

llamaste “el mundo”

no está más, se fue:

cosas quedan, palabras,

igual que lo que

deja, al

retirarse, el mar.

Daniel Freidemberg

Y porque cree que sí quedan cosas y palabras, ha ido y va estableciendo en su trayectoria intelectual las condiciones de posibilidad para una posible salida, proponiendo una serie de distinciones que articulan su lógica emancipatoria. Destacaré y caracterizaré de forma somera las principales:

1.- La diferencia entre el lenguaje, entendido como causante del advenimiento del sujeto. Lenguaje que inscribe al sujeto como un alguien singular fracturado, como ser fronterizo. Lenguaje pues como condición ontológica. Y los lenguajes en tanto que entramados simbólicos que operan como discursos en la construcción de la subjetividad.

2.- Imbricada a la anterior, Alemán distingue entre el sujeto, estructura deficitaria, existencia mortal y sexuada y la subjetividad, marco interior psíquico que se va construyendo.

Y derivado de ello, pasa a distinguir, en primer lugar, entre lo político y la política. Lo político se refiere a la marca del sujeto, al instante en el que adviene como tal; por eso lo político es inapropiable, al considerarlo límite constitutivo de la existencia y que la mantiene en su radical heterogeneidad, constituyendo la diferencia absoluta. De otro lado, estaría la política que rechaza lo otro y necesita del funcionamiento homogéneo y constante, donde no cabe lugar al vacío. Siendo ella, por eso, la productora de subjetividades. En segundo lugar, distingue entre la hegemonía y el poder. La hegemonía, que es considerada como la lógica constitutiva de la política, y que sin embargo no es en ningún caso una voluntad de poder. En cambio, el poder -en nuestro tiempo-, el poder capitalista, se caracteriza por ser un movimiento circular e ilimitado, un cambio financiero fluido e incesante, basado en una hegemonía universal, y ejerciendo sobre todo un poder discursivo sobre los cuerpos de los hablantes. Al respecto, el poder neoliberal ejerce su dominación, mediante una construcción biopolítica de servidumbres voluntarias, a partir de sus dispositivos, para que el poder acéfalo del Capital, en su continuo fluir, permita la constante circulación de la mercancía.

Y en tercer lugar, y no menos importante, Alemán diferencia entre el acto instituyente (y sus modos: angustia, certeza y anticipación que dicen de la soledad e historicidad radical del sujeto) y las instituciones, históricas y contingentes, escenarios de la política contemporánea, donde no solo los individualismos tienen cabida y son bienvenidos, sino que su dominación aparece bajo “el democrático consenso” que constituye al llamado Estado de derecho y libertades.

Así pues, su propuesta dibuja un mapa complejo y cruzado, porque si los antagonismos no desaparecen, si la tensión se tiene que dar entre el acto instituyente y lo instituido de la política, lo único posible, a su juicio, es la construcción de un momento hegemónico, emergido de una voluntad “popular”, y que teniendo en cuenta la fragilidad del sujeto, pudiese articular las diferencias, que como tales son imposibles de superar. Dicho momento, eso sí, nunca podría ser liberador, sino inestable y precario….

Tarea aunque no imposible para el autor, pues pende de un alambre, el que nos sostiene, en la frontera. Sin embargo, precisamente en esa fragilidad radical del sujeto está la única posibilidad de que los horizontes neoliberales en la subjetividad no se cumplan definitivamente y la catástrofe no esté ya -desde ahora- anunciada de antemano.

 

 

NOTAS SOBRE HORIZONTES NEOLIBERALES EN LA SUBJETIVIDAD DE JORGE ALEMÁN[1]

José Alberto Raymondi

Psicoanalista y doctor en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid.

Esta creo que es la cita que puede orientar la justificación de una compacidad del psicoanálisis y la política. No es la única, es la que arbitrariamente elijo, algunas otras me permitirían desarrollar algunas cuestiones hoy:

Creo que el psicoanálisis es en sí mismo un hecho político que aporta elementos para pensar lo que es inapropiable para los dispositivos neoliberales; pero también pienso que puede contribuir a pensar lo colectivo desde la malas noticias”. p. 169.

La noción de lo Común se basa en una pura negatividad, la pura diferencia que se sustrae a las lógicas de la diferencialidad, es decir, de las cualidades, propiedades o características que nos unen, que compartimos como sociedad y sujetos. El libro introduce lo rechazado, lo excluido del campo del pensamiento: lo sexual, el goce, el sujeto, la repetición, la pulsión de muerte… En definitiva, el cuerpo como el misterio de lo inconsciente. En esa exclusión se juega la materialidad de lo que está hecho el sujeto, y así es cedido al campo del poder y las lógicas de la dominación, y este ceder ocurre en el campo de las propias elaboraciones teóricas, de las publicaciones editoriales, en la universidad, etcétera… El aporte de Alemán a la construcción política pasa por su construcción conceptual, y ésta es frágil, inestable; no conjura las diferencias y discordancias, al contrario, se afianza en esa dimensión conjetural. Por tanto se trata de una construcción hegemónica, se sostiene en su lógica, donde lo heterogéneo y rechazado cobra el lugar axiomático. Así, el autor, hace política a partir de sus textos, intervenciones orales, entrevistas, conferencias… no cesa de hacer política en su agitación de los conceptos preestablecidos en el campo de la filosofía y el pensamiento político tradicional o posmoderno.

Su libro es consecuente en última instancia con esta vertiente dislocada de una hegemonía conceptual. ¿Qué quiero decir con esto? Que es un libro que nos confronta con lo discordante, con la no-relación, la disimetría, el hiato, la oquedad permanente entre términos que no calzan entre sí, ni les rige una armonía que posibilite la construcción política, pero sí el itinerario de un pensamiento interruptor que desvía el curso de una corriente dominante de pensamiento. Interruptor porque enciende nuevos espacios conceptuales y de acción política, cerrando el paso a cierta razón inercial que habita lo político y la producción intelectual. Su libro se erige bajo esas figuras inexistentes o enigmáticas de la desconexión. Es lo que el autor menciona en las palabras de Benjamin, como el “freno de mano” a estos tiempos de consunción capitalista.

Por otro lado, lo que Alemán logra o realiza en su trabajo -en permanente elaboración- es actualizar, pensar los alcances de la elaboración conceptual lacaniana a partir de la experiencia de lo inconsciente en el plano de la experiencia de lo político. No una traducción termino a término, sino en la invención de una lengua, de una gramática política nueva que ¿por qué no? puede tener el nombre incómodo de izquierda lacaniana. Incómodo para los “lacanianos” y los de “izquierdas” también, incómodo para todos aquellos que han hecho de esos significantes precisamente una identidad que este pensamiento pone en cuestión una y otra vez.

En la relación forzada entre psicoanálisis y política, en la dislocación temporal que le atraviesa, su evocación siempre llega o “demasiado temprano” o “demasiado tarde”. Alemán presenta desde hace  unos años una relación topológica entre psicoanálisis y política –izquierda Lacaniana-, al modo de la cinta de moebius. No tiene sentido pensar ya la experiencia de lo político excluyendo la experiencia de lo inconsciente. No hay lo político sino a partir de una concepción del sujeto que se dilucida y plantea a partir del descubrimiento freudiano. Haré el ejercicio de tomar estas relaciones en dos pares de términos, diría que tenemos por un lado la no-relación íntima entre: Psicoanálisis y Política, y respecto a este par me atrevería a leerlos en el lugar de lo establecido, de lo instituido: Lo institucional. Y por otro lado, estaría: lo político como experiencia de lo no-realizado, siempre en el llegar a ser, y lo inconsciente como experiencia igualmente de lo no-realizado. De un lado, tendríamos la apariencia de lo Uno completo que requiere para ello de una excepción. Y lo entenderíamos en la lógica de lo necesario-posible. De hecho existe, sin garantías absolutas, la política y el psicoanálisis. La otra no-relación íntima sería: lo imposible-contingente entre lo político y lo inconsciente como experiencia de lo que quiere llegar a ser. Lo crucial teóricamente en esta combinatoria es que se tiene que leer en conjunto, la separación es sólo un gesto analítico provisional, se leen estos pares desde el conjunto y en esta lectura de conjunto se revela, a mi juicio, la innovación conceptual que no es otra que tanto la política como el psicoanálisis encuentran su real en lo político y en el sujeto de lo inconsciente. Y ese real, ese núcleo, ese vacío desontologiza cualquier propuesta teórica en términos universales. El universal que esta en juego es el universal imposible: El todo y su excepción y el no-todo.

En esta dirección el psicoanálisis que toma protagonismo en el pensamiento actual lleva la impronta, la enseñanza de Lacan. Y la diferencia que introduce Alemán distinta de Badiou, Zizek y Laclau, es que ninguno es clínico, psicoanalista en sentido estricto. No practican el psicoanálisis y sobre todo no han atravesado su experiencia y esto no es sin consecuencias en la elaboración teórica y conceptual. Alemán hace un trabajo de tensión, de relación inédita entre la perspectiva clínica y su implicación en la política. De allí la definición de Lacan, nunca suficientemente despejada, de “lo inconsciente es la política”.

Si en el horizonte actual lo que se persigue es el botín del alma, el psicoanálisis entra en el itinerario político con toda su artillería conceptual. El psicoanálisis es un hecho político, tanto que en España esta permanentemente en la frontera de su exclusión, aún así permanece y se hace sentir en diferentes espacios de debate, lectura, de formación. Además de su presencia, quizás imborrable, en los divanes de muchas consultas. Este libro, junto a otros del autor, dice de esta cualidad política del psicoanálisis como un discurso que no tiene una existencia extraterritorial, al contrario, es en el territorio de lo político que cobra su mayor relevancia e impacto.

En este libro se traza un camino siempre inconcluso de lo que puede ser un proyecto emancipador desde el plano de una izquierda advertida; menos tonta en cuanto al papel del sujeto político que está en juego en cualquier experiencia política. No hay irrupción igualitaria sin la materialidad de un sujeto de lo inconsciente que en sí mismo es antagónico. Alemán hace un delicado trabajo de esclarecimiento teórico conceptual, de alguna manera, su “saber hacer”, se inscribe en el registro de una articulación teórica que despeja los obstáculos epistémicos a la hora de emprender un proyecto de tales dimensiones. No es el papel del intelectual clarividente, sino el del interventor conceptual en un plano formal, que incide directamente en nuestras maneras de habitar la sociedad en la que vivimos. Con su escalpelo lacaniano y su gesto singular distingue: hegemonía y poder. Sujeto y subjetividad. Historicismo e historicidad; lo singular irreductible de lo particular-privado del uno por uno; la política de lo propiamente político, en consecuencia lo apropiable de lo inapropiable. Y también distingue entre acto instituyente e Institución. Todo ello en el horizonte de la fundamental distinción entre el plano de lo óntico-empírico y lo estructural-ontológico. En esa última cuidadosa maniobra logra resolver lo que se abre a partir de lo imposible-contingente al marco de lo necesario-posible…

*

Esta idea de lo inapropiable cobra mayor valor conceptual en una acción política si no se toma el Capitalismo como un discurso amo. El Capitalismo no es y menos aún en su versión neoliberal un Amo ha subvertir o vencer. Al contrario, el Capitalismo es la perversión de un Amo, su alcance y funcionamiento tiene otras características, entre ellas el rechazo a la imposibilidad,. Contrariamente, asistimos al empuje permanente al “tú puedes”, y en el extremo el lema: “si quieres puedes”.  Se está bajo esa exigencia en casi todas las esferas de nuestra vida, su presencia es omniabarcante. Sólo bajo la dimensión de esa novedad histórica (la lógica que implica el tiempo neoliberal) se puede apreciar el alcance de la distinción entre sujeto y subjetividad. El sujeto sería eso inapropiable para La lógica de la dominación. De allí que se pueda plantear la idea de un Amo menos tonto, en ello se es o conservador o clásico, desde la teoría de los discursos de Lacan. No podemos salir del discurso del Amo, y cuando se sale las consecuencias pueden llegar a ser nefastas, preapocalípticas, tal lo evidencia el escenario actual. Esa separación entre mercado y discurso del Amo es lo que Alemán defiende como “Hegemonía” a partir de Laclau. El Amo ordenador sería lo político y no el mercado.

Se está en la lógica del capital y allí operan los dispositivos de goce -que sería la corriente subtárreanea que mueve el materialismo libidinal-, lo que sostiene realmente estas posiciones subjetivas, estás nuevas figuras de la subjetividad “empresarial”. Su multiplicidad, sus variantes que se despliegan -desde el empresario de sí al in-empleado estructural-, no son sino aparentes diferencias, una diferencialidad formal que borra verdaderamente y procuran hacer desaparecer la huella irreductible de la pura diferencia. Ese es el legado y la fuerza política que brinda el psicoanálisis en sus indagaciones de la constitución subjetiva, lo que llamamos sujeto -de lo inconsciente- o cuerpohablante. El Capitalismo puede embarcarse, paradójicamente, en una batalla que se encuentra doblemente marcada, a nivel estructural- ontológico y a nivel óntico-empírico. Por un lado la batalla parece perdida -el crimen no es perfecto- y por otro, en lo concreto-histórico, el capitalismo parece estar venciendo, y no digo vencido. Si desde esta ontología o preontología de lo político, fundada en la clínica del sujeto de lo inconsciente, el crimen no es perfecto, la verdadera mala noticia pasaría a ser una negación afirmativa, ¿buena? para quienes siguen en un proyecto metafísico de la izquierda o una izquierda posmoderna.

Es vital no perder la lógica -a mi parecer verdaderamente central-, no se trata de un programa teórico actualizado de la nueva lucha de clases, como uno de los últimos libros de Zizek. La novedad de Alemán está en la lucha teórica que emprende en el interior de las discusiones políticas que salen de la táctica o estrategia de la toma de poder. Piensa la política para ofrecer una lucha por desplazar la hegemonía conceptual de postulados que responden a cierta metafísica o ideología que otorga al “enemigo” o si se quiere, en el lenguaje de Chantal Mouffe: al otro agonista, lo que sería el núcleo del ser, al decir de Freud, esa dimensión de “lo que puede llegar a advenir” que insiste en ser realizado, lo instituyente en sí. Por ello, Alemán insiste en la concesión foucaultiana en sus diversas versiones, de esa dimensión “inapropiable del sujeto, allí la batalla, si bien no decimos que está perdida, al menos parece conceder el núcleo de lo que está en juego en el escenario subjetivo actual.

En esto hay que detenerse, no es ni una batalla menor ni mucho menos una batalla escolástica de universales y conceptos, allí se juega el verdadero materialismo para una lógica emancipatoria, o izquierda lacaniana, si se prefiere. Si se concede esa hegemonía conceptual -la del sujeto- todo está perdido, esa es la tesis del autor en este libro, es tajante en ello. ¿Pero en qué esta perdido? Me parece que se repara poco o no se repara en la lucha por inteligir el plano omitido de la teoría. Es el caso de las propias construcciones políticas que toman su material conceptual de una urdimbre teórica, y que sin querer -o sin advertirlo- han perdido la batalla o cedido lo que podría constituirse en el núcleo de resistencia, o el lugar para la invención. Las batallas o, si se quiere, la posibilidad de un contraponer se da, quizás, en primera instancia, en este plano que concibe el pensar “como un mirar escuchando” (Heidegger). En esa modalidad de pensamiento se inscribe la no-relación íntima entre psicoanálisis y política de la izquierda lacaniana. “Nosotros tenemos que pensar que no todo es histórico, porque si no le regalamos al poder, todo”(p. 167). La muestra de una hegemonía conceptual que introduce la articulación teórica de Lacan, sería, por ejemplo, no ceder en el terreno de concebir “los modos de goce”. Si se conciben bajo la idea de que están determinados por las lógicas del poder, estaríamos entregando todo a la ideología, a los dispositivos de construcción y producción de la subjetividad. Supongamos el caso de un fantasma o fantasía de sumisión en el goce de una mujer -lo indica muy bien Alemán en el libro- eso no sería un vestigio de la dominación patriarcal. Conceder esa dimensión del sujeto a la ontología del poder clausura realmente y definitivamente cualquier proyecto emancipatorio, sería el fin de lo político en tanto tal. Los modos de goce, las modalidades irreductibles de existencia singular, escapan a esta dimensión política, a la idea del gobierno de sí o de los otros. Entre el goce y la ideología existe un hiato. Esa brecha es lo político y esa es la tesis que introduce el autor a partir de Lacan. El acto teórico que lleva adelante el autor en ese sentido es subversivo; un acto por tanto instituyente en el panorama político actual; un acto analítico en rigor.

Esto implica agregar o entender que la corriente subterránea entre sujeto y subjetividad es la distinción del par conceptual de goce e ideología. También entre singularidad y construcción política, no hay solución de continuidad, algo cojea, se interrumpe en esa supuesta relación. Esta es una fórmula que no explicaría del todo: sujeto=goce y subjetividad=ideología. La ideología se produce desde el poder y el goce no se produce, sería una emergencia, un efecto, un acontecimiento de cuerpo, imprevisible por tanto, un verdadero clinamen al decir de Althusser orientado por Lucrecio. Y esto es lo que, ni Badiou ni Zizek logran captar, según se afirma en el libro.

Entonces tenemos que: “Político es el instante donde el sujeto adviene. Y política es producción de subjetividad”. No pueden borrarse, ni confundirse esos dos lugares, responden a lógicas distintas. El sujeto, lo político en tanto tal, no esta garantizado, pero a su vez, es la imposibilidad, el obstáculo de la política. La cuestión de la singularidad irrepetible, tiene un núcleo antagónico, que no se deja absorber por ningún poder. Es crucial esta diferencia, esta distinción que constituye la diferencia absoluta. Lo singular irreductible no es una joya, un ágalma, que embellece el escenario del mundo, es más bien lo rechazado, lo in-mundo, incluso lo insoportable. Ello se traduce en lo político, en esa soledad:común que trae consigo una negatividad afirmativa. Allí radica el campo para la acción instituyente, emancipadora por definición, eso inapropiable otorga la materialidad de una nueva política. Se trata de las condiciones preliminares para una izquierda efectivamente materialista. Ahí radica, algo que no podré desarrollar ahora, pero es la diferencia entre las perspectivas nominalistas de la izquierda pos-estructural y lo que sería un materialismo que se orienta por una perspectiva realista: el de la inconsistencia del no-todo.

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Actualmente, y sin llegar a ser eslogan, se repite mucho eso de las “malas noticias”, el psicoanálisis portador de malas noticias. Y sí, no pongamos en duda este juicio, hay malas noticias, a veces, sólo malas noticias, pero el asunto está en distinguir cuál es el contexto de esto. Freud le trajo malas noticias al proyecto ilustrado, es así, aunque fuese también Freud un ilustrado. Su descubrimiento, junto a Copérnico y Darwin, infringió un duro golpe al narcisismo, otra mala noticia. Eso no es novedad, y creo que es uno de los temas centrales a despejar en este libro, aunque ya en otros anteriores ha tomado presencia y cuerpo discursivo. ¿Cuál es esa noticia? ¿buena? ¿mala? ¿Estamos ante el riesgo de una afirmación que pierde su carácter fértil de tanto repetirla? Me parece que es una noticia de lo que no se ha podido tomar nota, no se ha hecho acuse de recibo, toca algo de la castración, de la asunción de la imposibilidad, de ahí el hecho de que choque o tropiece con eso que Lacan decía de sí mismo al inicio de su Seminario en el año 73, “no quiero saber nada de eso”. No es que no se sepa la noticia, es que no se puede incorporar. La “mala noticia” no encaja en lo establecido, ni en el proyecto neoliberal ni en el emancipatorio. No se quiere saber de eso, en eso Freud fue tajante, no hay una pulsión epistemofilica, nadie quiere realmente saber. Hay horror al saber, vencer ese horror pasa por la destitución de un cierto amor a la verdad. Si se ama la verdad no se quiere saber. El psicoanálisis esta cargado de malas noticias que tocan ese núcleo del ser, un “no querer saber” constitutivo del sujeto, y por ello, de cualquier elaboración teórica, de cualquier enseñanza, de allí la admisión o confesión de Lacan, él mismo establece una lucha con ese “no querer saber nada de eso”. Esa es la dimensión que está en juego con las repetidas malas noticias del psicoanálisis. Precisamente, eso tiende a borrar la tensión, el antagonismo que introduce esta noción de “malas noticias”. La mala noticia incorpora al interior de esta elaboración un esfuerzo teórico de Alemán para acercar lo insoportable. No se sabe de esas malas noticias sólo por vía del enunciado, estar advertido requiere de cierto “pasaje” que atraviesa al sujeto, y no la subjetividad, se trata más de una subjetivación, allí operaría esa dimensión dividida del sujeto. Aunque el sujeto estructuralmente esté divido; aunque en su constitución algo esté excluido de su conciencia; aunque su cuerpo esté atravesado por la pulsión de muerte y la repetición, no esta garantizado que opere Eso refractario al poder, eso inapropiable, Eso requiere de un “despertar” contingente. Lo cierto es que la instalación del ser hablante en el mundo está bajo esas condiciones de no-coincidencia consigo mismo y allí esta la entrada -la condición de imposibilidad-, a lo político. Entonces ¿Cómo construir un ensayo de pensamiento que no renuncie a esa dimensión de la “otra escena” que es refractaria al saber y convoque, sí, a un saber del tipo artesanal, del saber hacer allí, donde eso que no se quiere saber, donde la mala noticia, se disuelve como el sólido en el aire? Se puede aceptar la mala noticia, sin tomar noticia, es decir, algo del orden de lo que Freud denominó verleugnung: la desmentida: “sí, lo sé, pero aún así…” Cuando lo que opera es del orden de la desmentida, todo se desvanece, no hay impacto real de lo admitido en el universo simbólico de quien lo asume. En esa denegación, en esa desmentida se concentra lo perverso del Capitalismo y la izquierda clásica o posmoderna. La crítica es doble, pero no igual, hay un compromiso ético y político por la emancipación de parte del autor.

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Hay dos textos que dan cuenta del carácter heterogéneo que implica el trabajo de hegemonía conceptual que procura este libro: el texto breve sobre Panero y el de Borges, y con ellos dos conceptos o figuras que abren el espacio de la desconexión, la interrupción imposible del dispositivo capitalista: el loco y lo excéntrico; el exilio y el descentramiento. Ambos significantes apuntan a eso paradójico o enigmático como puede ser: lo santo, el militante, el sujeto soberano, y otros nombres para eso contingente-real que puede propiciar una construcción posible en la interrupción de una inercia, sin limites aparentes. Son un par de significantes que flotan en la frontera de la emancipación y la dominación absoluta, significantes que gravitan en torno al crimen. ¿Estamos sin limites ante este horizonte neoliberal?

Para Lacan causa es diferente de causalidad, es, precisamente, aquello que interrumpe el ejercicio regular de la causalidad, aquello que es ex-céntrico con respecto a la cadena causal. Allí entra la razón de pertinencia de la “locura” con el artículo sobre Panero y la referencia a Borges por la vía de la ex-centricidad. El asunto es distinguir la idea de causa. El neoliberalismo produce en cadena subjetividades y esto entra en el registro de la causalidad desde el Poder, mientras que lo Causal en tanto tal, abre al sujeto, y eso es la materia constitutiva de lo político. No es previo ni posterior, es el elemento inapropiable por cualquier discurso político, científico, técnico, universitario… Es aquí donde encontramos la idea de un sujeto de la ausencia, de un vacío deseante, un sujeto que es susceptible o no, de ser capturado por una cadena causal, por un proceso productivo, que en última instancia lo aliene y configure según ciertas condiciones materiales e históricas siempre contingentes. Lo verdaderamente subversivo, entonces, es aquello que interrumpe en su brecha cualquier procedimiento que se inscriba en una lógica de automatismos que intente clausurar la diferencia real que tiene lugar en la irreductible singularidad del sujeto de lo inconsciente, en el cuerpo-hablante.

Notas

 

[1]Presentación en Cruce el día 25 de Octubre de 2016. Este texto es una compilación de notas y fragmentos apuntados para la presentación oral que se desarrolló ese día. Por tanto, muchas ideas quedaron fuera y otras no escritas surgieron en el momento. Tomar este texto desde ese ángulo preliminar e inacabado…

 

Apuntes sobre Horizontes neoliberales en la subjetividad, de Jorge Alemán

Timothy Appleton

Doctor en Filosofía y responsable del Grupo de lectura de CRUCE

¿Por qué deberías comprar este libro? Voy a empezar hablando de su estilo. Se sabe qué Alemán es poeta; pues uno de los muchos puntos buenos de este libro es que el argumento se expresa con mucha económica, parsimonia y elegancia.  Pero no es simplemente una cuestión de expresión. El libro también es elegante en el sentido matemático. ¿Qué quiero decir con esto? Me parece que uno de los placeres de este libro es que es un libro de teoría de verdad. No es un conjunto de meras opiniones teóricas, o – aún peor – un intento de interpelación ideológica fingiendo ser teoría; he aquí una construcción teórica verdadera. Ahora voy a pasar al contenido de esta construcción. ¿Qué tiene de novedoso? La primera respuesta es sencilla: esta es la versión más plena y completa que Alemán ha publicado hasta la fecha de su tesis original, radical y – ¿por qué no? – polémica, de que el capitalismo no es una hegemonía.

La idea aquí es que la fase neoliberal del capitalismo representa un cambio cualitativo y no un cambio meramente cuantitativo en la cultura humana (de la misma manera en que los marxistas ortodoxos solían decir que la acumulación cuantitativa en un momento dado produce un salto cualitativo). Bajo esta fórmula, el capitalismo neoliberal no contiene contradicciones, no tiene exterior, no puede entrar en crisis. Al nivel de las relaciones sociales de producción, el discurso capitalista que Alemán teoriza (siguiendo una intuición de Lacan) implica que en vez de ser explotados directamente por el otro, o de elegir ser explotados por ese otro, los trabajadores de hoy se explotan a ellos mismos.

¡Se ve que es una tesis radical!  No lo aceptarían, por ejemplo, los tres interlocutores privilegiados que se incluyen en el libro: Slavoj Žižek, Ernesto Laclau y Alain Badiou. Tampoco lo aceptarían los ‘intelectuales orgánicos’ de Podemos que han leído a Alemán pero lo que aquellos sí comparten con Alemán es la alternativa política que promueve; me refiero a la hegemonía populista.

Esta propuesta puede parecer extraña para el pensamiento político europeo. En el libro, Alemán comenta: ‘el término populismo ha adquirido en la izquierda europea una nueva legitimidad teórica y política’. Este comentario me parece ligeramente optimista. España aparte, ‘populismo’ sigue siendo una palabra peyorativa en Europa, quizás en parte porque aquí se asocia con la derecha, mientras que en América Latina – el continente de Alemán – se asocia con la izquierda. Esta ‘diferencia cultural’ quizás también explica porque los que abogan por este término lo oponen a la tecnocracia; de ahí, la izquierda europea reciente se asocia con una lógica tecnocrática de la misma manera en que la derecha en América Latina se asocia con la misma lógica. Otra diferencia quizás más importante – y esto es algo que también se menciona en el libro -, es que en Europa el populismo tiene otro enemigo mucho más complicado e interesante: el jacobinismo. Pero quedemos con el populismo por ahora.

En el libro de Alemán, se presentan dos posiciones posibles sobre el populismo: que el populismo es necesariamente de izquierdas, que es la posición del autor, o que el populismo puede ser de izquierdas o de derechas, que es la posición de Ernesto Laclau, con quien Alemán se identifica bastante. (En el libro se ignora más o menos la tercera opción posible: que el populismo es necesariamente de derechas.) Según Laclau, si un populismo es de derechas o de izquierdas depende esencialmente de la fase en que se encuentra la construcción del ‘pueblo’ relevante. Hay que reconocer que los seguidores políticos de Laclau en general quieren crear un populismo de izquierdas. Pero no pueden garantizarlo; es una parte lógica del argumento de Laclau que si puede haber un populismo de izquierdas, también lo puede haber de derechas, dado que según él, hay una pluralidad de demandas en el campo social, que pueden articularse o bien con un proyecto novedoso (de izquierdas) o con un proyecto ya existente (de derechas). En cambio, en este libro Alemán identifica la hegemonía populista necesariamente con lo novedoso.

Una de las cosas potencialmente muy interesantes en el libro Horizontes neoliberales…, entonces, es esta disimetría que introduce entre la izquierda y la derecha (que es de inspiración lacaniana, y se basa al fin y al cabo en la teoría de la diferencia sexual en Lacan). Es posible, entonces, que para muchos laclauianos, el proyecto de Alemán puede constituir un suplemento necesario al proyecto de Laclau.

Pero aquí se complica el tema, porque esta conclusión tiene un corolario importante: supone una conexión muy intima entre la clínica y la política. Según la formulación que Alemán presenta en este libro, el capitalismo neoliberal refleja precisamente el tipo de malestar psíquico que el psicoanálisis pretende tratar. Esencialmente, el capitalismo es la depresión. Esta es una idea muy dramática y, otra vez, bastante polémica. ¿Quiere decir, por ejemplo, que el psicoanálisis es anti-capitalista? Este punto podría discutirse mucho.

Plantea, además, otra cuestión importante. En varios momentos, el libro critica la pretensión historizante de Byung-Chul Han. Pero la conexión tan fuerte que se presenta en el libro entre la política y el psicoanálisis creo que nos obliga a preguntar sobre la historicidad del propio psicoanálisis. ¿Es el psicoanálisis un destino? ¿Es el capitalismo un destino? Esto nos lleva, inexorablemente, al tema de lo eterno, que se menciona varias veces en el libro.

Alemán menciona en un momento dado que los griegos antiguos tenían inconsciente. De la omnipresencia del inconsciente, Alemán deduce que su fórmula política fundamental (que a mí personalmente me encanta) de Soledad: Común es algo que pudiera surgir en cualquier momento y en cualquier lugar. Tengo dos dudas en relación con esta idea.

En primer lugar, dado que Alemán aboga por el estatuto ahistórico del inconsciente, más sus efectos políticos, no entiendo porque critica tan rotundamente la idea de Badiou de que el comunismo es una ‘Idea eterna’. Menciono esto en parte porque es evidente que la palabra comunismo viene de ‘lo común’, que también sale en la fórmula Soledad: Común. Y el comunismo no es el populismo, obviamente. Lo común no es el pueblo. Teniendo en cuenta, entonces, que según Ernesto Laclau, el teórico preeminente de la hegemonía populista, ésta tiene condiciones históricas de emergencia muy específicas, mi primera pregunta es si Alemán cree que existe una diferencia importante entre el concepto de la hegemonía populista y la de la Soledad: Común.

Mi segunda duda tiene que ver con la cuestión de la institución (que también se menciona varias veces en el libro). Si la posibilidad de una Soledad: Común es eterna, entiendo que esto quiere decir que la tarea política debe retomarse una y otra vez. Esto es lo que Alemán llama la dimensión instituyente de la política. Como bien explica el libro, es en este sentido que la política produce institución. Pero mi pregunta es: ¿en qué momento se funda esta institución?

Noté que ha habido un debate en Podemos recientemente sobre la dicotomía: institución o calle. Francamente, me parece una discusión bastante estéril. Creo que todo el mundo sabe que la política produce institución (los únicos que no creen esto son los anarquistas, pero son pocos). La cuestión más urgente es la de si meternos en instituciones ya existentes o crearnos nuevas instituciones en el mismo momento de hacer la política. Carlos Fernández Liria, en su libro En defensa del populismo, explica que él está muy contento con las instituciones que ya existen. Pero, esto lo que solíamos llamar ‘revisionismo’, ¿no? Me gustaría terminar este punto con una cita de una gran pensadora política: Esperanza Aguirre. Me acuerdo que antes de las elecciones del ayuntamiento de Madrid el año pasado, Aguirre dijo algo como: “Si votas a Ahora Madrid, habrá un Soviet en cada esquina de la ciudad”. Parece que ella ha captado algo fundamental en el debate sobre la institucionalización de la política: ¿habrá una nueva institución, para acompañar la política nueva?

 

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