CUADRILÁTERO

Imaginemos aquel cerco de cuerdas tan apretadas que dentro acaba asfixiando a cualquier intrépido púgil: el ring. Un espacio de vulneración donde todos los grandes campeones han experimentado diferentes tipos de emociones, desde la felicidad, a la desesperación, los nervios, aunque, con mayor atención, destaca el latido originado por la sensación del miedo. Nos referimos a un terror incesante, que, al caso de la presente lucha expositiva, se torna in crescendo para dar lugar a una escenografía de la intimidación. Donde nosotros, como espectadores, en tanto que personas ajenas en primera instancia, y sobrecogidos por la circunstancia que generan las piezas, observamos a unos cuerpos sospechosos bailar al son del chirrido auto-producido mediante una fricción que tiene su origen en la fuerza mecánica. Una suerte de movimiento repetido que produce una extensión de caricias hirientes, incluso, morbosas, que de repente, se hace sonido cuando el roce y el choque pasan a ser un tintineo de gemidos metálicos, pues ocurre que los objetos se abaten a sabiendas de que la disputa puede durar toda una vida, o apenas unas horas.

La obra de Pablo Insurralde ofrece una lectura muy rica dentro de la cuestión del engaño. Donde aquí, su formación en artes visuales, especializado en cerámica, le brinda la posibilidad de modular la verdad, la cual además, oculta mediante un cromado de pigmento de óxido de hierro. Así, crea la sensación de metal cuando se trata de un compendio de piezas de barro, manipuladas con el objetivo de adoptar una escenografía y adaptarse a una serie de mecanismos industriales, como es el caso de los motores que permiten el movimiento en alguna de las piezas. Al mismo tiempo, el artista desarrolla un interés tanto por las cualidades del material en cuanto a su resistencia, como a la forma en que se genera el sonido que proviene del azar al tocarse las unas con las otras, y juega entre lo suave y lo peligroso.

En este cuadrilátero, la posición de Pablo Insurralde es algo ambigua, pues su figura hace las veces de combatiente, que en verdad, se enfrenta consigo mismo, a la vez que observa desde una posición de cuidados en calidad de entrenador. De tal modo que, con esta exposición dirige una suerte de automaquia donde encima del tablero se posan la contradicción, la incoherencia, la discordia, la antítesis, y, por supuesto, su propio disparate. Pues es incongruente que él mismo se haya dejado engañar por su propia mano. Lo que lleva a pensar, que quizás haya nacido un alter ego a lo largo de este proyecto, tan alejado del propio artista, que ni él es capaz de pillarlo. Así, una vez le escuché decir que “El autoengaño funciona. Cegado, soy ingenuo esclavo del brillo de los esmaltes, del sonido resonante, y de las formas que me intimidan”.

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